miércoles, 6 de junio de 2012

Pastores del páramo


Hay algunos oficios que están claramente "en peligro de extinción". El de pastor es uno de ellos. Pero no el de cualquier pastor, sólo el de esos pastores que rezuman dignidad y profesionalidad. Aquéllos que pasan el día con el ganado, lo conocen y conocen la estacionalidad de los campos, trashuman o ahora, más bien, bajan de la montaña a la ribera (en ese movimiento que algunos llaman transtermitancia), cuidan a sus mastines y careas porque saben que así pueden evitar conflictos con los lobos. Pocos quedan de éstos. Por el contrario, el perfil actual de pastor pasa más bien por el de un hombre que busca en el ganado una segunda ocupación. No quiere renunciar a ninguna de sus comodidades, pero tampoco se conforma sin su ganado, al que, por otra parte, no le dedica el tiempo que requiere. Sin embargo, sí que cobra las subvenciones y los daños que dicen de lobos; unas pocas veces reales, otras inventados o incluso provocados, y muchas veces producto de su negligencia. Y encima, nos venden la necesidad de su profesión, piden exterminios de lobos (como es habitual en este país, "echando la culpa al utillero") y exigen subvenciones en años malos. ¡Cómo que el resto de profesiones no tuviéramos años malos! Orgullosos de creerse herederos de un oficio milerario, desvirtúan el verdadero alma de su profesión.

Mientras tanto, aún hoy podemos ver imágenes como ésta en los campos de Chozas. Y éste era de los verdaderos; de esa raza de pastores que no perdió su libertad porque no abandonó sus ganado y sus pastos (ver La Lentitud de los Bueyes. Julio Llamazares).

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